Me senté, cogí la pluma y estuve un minuto pensando. Recordando. Recordando a un chaval guapo, moreno, de sonrisa inquieta y temperamento caliente. A un chico rudo y cabezota, con un cigarro en la boca y una sonrisa amarga en su cara endurecida. Recordando -y esta vez no me dolió- a un quinceañero tranquilo, con pinta de derrotado, al que le hacía falta un buen corte de pelo y cuyos ojos negros tenían una expresión asustadiza.
En una semana los tres habían desaparecido. Y decidí que podía contárselo a la gente, empezando por mi profesor de Lengua. Durante un buen rato estuve preguntándome como empezar a escribir sobre algo que para mí era tan importante. Y finalmente empecé así: 'Cuando salí a la brillante luz del sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa...'
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